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"El reto de la salud mental en el siglo XXI pasa por regresar a la persona"
José Villela / @jose_villela
Instituto Nacional de Psiquiatría
21/10/2015
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A UN CLIC
Quién es:

​José Villela

 
A qué se dedica:

​Médico y residente de psiquiatría

 
Ámbitos de trabajo:

​Medicina, psiquiatría, resiliencia

 
Quiero contactarle:

​www.josevillela.com

 
Tiempo de lectura:

​Una llamada por Skype

 
What if?

​¿Pudiéramos administrar una terapia sin tantos efectos secundarios como tienen muchos de los medicamentos que usamos hoy en día​? 

 
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​​​
José Villela salía de una jornada de trabajo en el Hospital y esperaba la luz verde de un semáforo en rojo cuando descubrió que la vida tiene sus contratiempos. El suyo era un camión de basura que circulaba por un carril no permitido. El asfalto cedió y el camión se precipitó desde una segunda altura sobre el capó de su pequeño Volkswagen Jetta. ¿Pronóstico? Tres vértebras rotas, lesión modular grave, la vida en pause. ​

Antes de aquel 19 de Enero de 2010, José soñaba: con ser buen doctor, un gran amigo, un buen padre. Cinco años más tarde, José sigue soñando. Intensamente. Pero desde el presente: Licenciado en Medicina, residente en psiquiatría y conferenciante, desde su silla de ruedas comparte con nosotros su visión de la medicina en el siglo XXI con la fuerza de quien se ha enfrentado a la noche más oscura del trauma… y ha salido victorioso de ella. 

“Uno de los grandes retos que tenemos los psiquiatras pasa por contribuir a quitar el estigma que tienen las enfermedades mentales en nuestra sociedad” 

Tu trabajo cambió mucho de un día para otro. Pasaste de vivir como un estudiante a tener que sobrevivir para salir adelante. ¿Qué fue lo que más difícil? 

Con el accidente llegaron una serie de cambios muy drásticos. Debido a la lesión medular a nivel de la quinta cervical, el funcionamiento de mi cuerpo se vio muy afectado. Lo que más me costó fue adaptarme a un cuerpo que no me respondía, uno nunca está preparado para ver sus funciones básicas limitadas. En realidad, seguía siendo yo, pero con una discapacidad. 

En segundo lugar, el sufrimiento de la gente a mi alrededor: ver a mi familia devastada, ver su dolor además del mío propio fue muy difícil, sobre todo porque al principio me sentía responsable. Mi accidente me hizo comprender que en la vida no todo depende de nosotros… A veces, las malas decisiones de otras personas pueden tener consecuencias desastrosas para terceras personas, personas totalmente ajenas. 

Para mí, superar el accidente fue todo un proceso. Hubo un momento, como en todo trauma, que llegué a tocar fondo: llegar al fondo del asunto y aceptar que se había producido un daño real, difícil de reparar, es difícil, pero tuve que transitar por ahí para empezar a superarlo.

​En todo tu proceso de recuperación, ¿cómo hiciste para no dejarte llevar por la nostalgia de tu pasado ni el miedo de un futuro incierto? ¿Hubo un instante clave que te llevara a decidir: voy a salir adelante?

El punto de inflexión llegó cuando descubrí que todo aquello podía tener un sentido. Cuando sufres una situación traumática se te mueven mucho los esquemas de tu vida, es fácil que pierdas el rumbo y digas: ¿Esto, qué sentido tiene? Curiosamente, el momento en el que me di cuenta de que la vida seguía y todo podía tener sentido trascendente fue cuando peor me encontraba, médicamente hablando: me encontraba en la UCI, con un ventilador, el cuerpo llagado, muchas complicaciones… 

Entonces llegó una amiga, doctora del hospital. Venía a visitarme, nada más. Después de platicarme un rato, comenzó a leerme algunos de los mensajes que mis amigos y compañeros habían dejado para mí. Uno en particular me cambió por completo. Era de una amiga de mi mamá que contenía una frase de Tomás Moro​. La nota, escrita en una hoja verde fosforescente, parecía querer hacerse notar en aquel ambiente a media luz y gris. Anticipándose un poco al sentimiento de alguien como yo, que acababa de tener una pérdida tan grande, la nota decía: “Nada puede pasarme que Dios no quiera, y todo lo que él quiere, por muy malo que me parezca, es en realidad lo mejor”.

Aquello me cayó como un jarro de agua fría. Hasta ese momento, yo no había pensado en Dios ni en nada trascendente, estaba concentrado en aquel pequeño cuarto de tres por tres. Pero en la UCI pasaba mucho tiempo a solas, y al final, comprendí: “Esto que está pasando tiene sentido, me dije. Ahora es muy reciente, pero tiene un sentido”. Estoy seguro de que aquel pensamiento, que suena tan simple, me salvó la vida. 

En lugar de volverse un enemigo, la lesión se convirtió en mi aliada: “Esto que ahora no entiendo, va a jugar a mi favor en algún aspecto de mi vida, me va a ayudar a prescindir de muchas cosas que no son importantes, me va a ayudar a conectar con mi parte más humana”. Entonces, algo aparentemente negativo se transformó en algo potencialmente positivo, y ese fue el punto de inflexión en el que esta historia comenzó a evolucionar de forma positiva. 

Has hecho realidad tus sueños de juventud, siendo joven todavía: acabaste medicina, estás haciendo tu especialidad… ¿cómo lo has logrado? 

Mis sueños siguen siendo los mismos. Quería ser doctor desde niño. Lo que ha cambiado es mi forma de vivir. Ahora vivo en el presente y trato de disfrutar el momento. Antes del accidente, y no me culpo por ello, creo que es algo propio de la juventud, soñaba... Pero soñaba con una vida como si la diera por hecha, como si el resultado fuera consecuencia de hacer lo que tenía que hacer, y hacerlo lo mejor posible, sin pensar en otros factores que pudieran interferir en ello. 

La gran lección ha sido descubrir que, aunque tu sueño esté ahí, el camino está sujeto a muchísimos cambios. Algunos están en tus manos y otros no tanto, y de ahí la importancia de adaptarse una y otra vez a las circunstancias. 

Hoy, hechos tan sencillos como comer con mi familia un sábado tienen mucho más valor del que le daba antes. Y no te digo nada el hecho de poder acabar mi carrera, atender a los pacientes, contribuir a marcar una diferencia en la vida de alguien… Todo adquiere una nueva dimensión: ahora no vivo en el sueño último, sino en el sueño diario… 

Nueve meses internado en el hospital y sendas estancias en centros de rehabilitaciión te han llevado a vivir la enfermedad desde el lado del paciente... como doctor. ¿Dónde crees que residen las claves para mejorar la psiquiatría de los próximos años? 

Bueno, la primera cuestión pasa por identificar que no todo depende de la persona, no todo depende de malas elecciones, ni tampoco del contexto. La enfermedad mental es una realidad compleja en la que confluyen aspectos biológicos, genéticos y medioambientales que tienen que ver con la educación y las experiencias de vida. Ya que no podemos cambiar nuestros genes, creo que es importante que nos concentremos en todo aquello que es ambiental. 

La ansiedad o la depresión son grandes enfermedades de nuestra era que cada vez están causando más estragos: en la sociedad, en las familias, en los individuos. Nuestro mundo de presiones, tan competitivo, no ayuda a evitarlas. Creo que ha llegado el momento de que nos replanteemos como sociedad si todas estas políticas que nos llevan a tener una economía tan desarrollada y tecnológicamente avanzada no nos está pasando factura a nivel de salud mental. 

Creo que el mejor indicador para esto pasa por detenernos a preguntarle a las personas: tú, que vives en este país con este PIB tan alto, tú que eres doctor, tú que diriges esta empresa tan productiva… ¿realmente, eres feliz? Y ahí es donde entramos en un terreno complicado… 

Seguramente más de una persona nos daría una respuesta inesperada… 

Exactamente. La felicidad es desconcertante. Nos damos cuenta de ello cuando conocemos a alguien que no tiene nada y es feliz, y otro que tiene de todo pero sufre en cantidades enormes. La felicidad es algo muy personal, depende mucho de cómo esa persona entienda el mundo que le rodea y los problemas que le acontecen. 

En todo caso, creo que hay mucho que cambiar en nuestra forma de abordar la salud. Me llama mucho la atención, por ejemplo, el presupuesto que se destina a la prevención en el presupuesto de los gobiernos. No tengo muchos datos de otros países, pero aquí en Mexico, el 6% del PIB se destina a salud global, y de ese 6%, sólo un 1% es para salud mental. Realmente, no estamos dedicando los recursos necesarios para promover la salud mental, ni mucho menos para atender a las personas que padecen alguna enfermedad mental. 

La tecnología ha jugado un papel fundamental en tu vida. No sólo a nivel de movilidad, sino también a nivel físico: tu cuello lo sostienen barras de metal, tornillos, alambres…  ¿Qué es lo que más te maravilla de los avances de la medicina?

No deja de sorprenderme el progreso que estamos viviendo en las diferentes áreas. Yo lo he podido vivir en primera persona: mi cuello está ensamblado por medio de prótesis y una serie de mecanismos de bioingeniería muy complejos. Hace treinta años, este tipo de cirugía hubiera implicado dejar mi cabeza fija y esto, sin duda, habría afectado muchísimo a mi calidad de vida. 

Poder sentir en primera persona el alcance de nuestro trabajo como médicos, especialmente el de aquellos que se dedican a la investigación, es para mí algo increíble. Muchas veces no nos damos cuenta, pero el hecho de poder vivirlo en primera persona me llena de emoción, y estoy seguro de que en los próximos años, gracias a esa gente que se dedica en cuerpo y alma a investigar, podremos encontrar una vía para muchas de las enfermedades que ahora mismo no tienen cura. 

Proyectamos muchas esperanzas en la tecnología, pero quizás la clave de la superación está en nosotros mismos. ¿Cómo preparar a la mente humana para la adversidad? 

Creo que debemos empezar en casa, en la propia familia. El hecho de que nos enfrentemos a un promedio de tres grandes adversidades en la vida -una enfermedad, una gran crisis económica, o la muerte de un ser querido- puede generarnos ansiedad: ¿qué voy a hacer cuando esto suceda? Por eso, lo que más me gusta del concepto de resiliencia es esta apuesta por las capacidades de la persona. 

Con los avances tecnológicos hemos apostado mucho por las máquinas y la tecnología, pero nos hemos olvidado un poco de las personas, las destinatarias finales de toda esa tecnología y progreso. Creo que el reto para los profesionales de la salud mental en el siglo XXI pasa por regresar a la persona, sin olvidar que ellas tienen esa capacidad de sorprendernos, de ver las cosas de una forma más simple. A veces nos pasa, en el hospital: pensamos que una persona debería estar objetivamente devastada por una situación, y de pronto nos llevamos una gran sorpresa al ver que no sólo no está destrozada, sino que incluso está más fuerte. ​

La OMS define la salud mental como "un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. ¿Nuestro cerebro está realmente preparado para ser feliz? 

Esta definición de la OMS busca sobre todo quitarnos de la cabeza la idea de la enfermedad física como única modalidad existente. Hay gente perfectamente sana en términos médicos, que sin embargo tiene en su vida un gran nivel de discapacidad. Por eso, esta definición busca darle mayor peso al área de salud mental y de funcionamiento global de una persona. Si nos limitamos a decir que una persona sana es aquella que no tiene enfermedades físicas demostrables, dejamos de lado a los millones y millones de personas que no se sienten bien con sus vidas, y que en última instancia no son felices. 

Nuestro cerebro está programado para ser feliz, pero lo que pasa es que a veces lo vamos llenando de ideas o formas de vida que no propician esa función innata de búsqueda de la felicidad, entendiendo la felicidad no como un estado, sino como una disposición.

Un error muy frecuente pasa por pensar que la felicidad es un destino, un estado que se alcanza, al que uno llega y en el que uno está, cuando la realidad es que la felicidad es una manera de vivir, y esa disposición está presente en nuestro cerebro desde el mismo momento en el que se forma.

Si la felicidad es una disposición, y no un estado, ¿cuáles son las señales que nos permiten reconocer que estamos en la correcta disposición? 

Creo que es una cuestión de prioridades. Las personas que tienen una disposición a ser felices manejan una escala de valores un poco diferente a lo común. Por mencionar algunas características, son gente que da mucha más importancia a la persona que a las cosas. Además, tienen una gran capacidad para adaptarse a las situaciones adversas, son personas que no se quedan ancladas en el pasado, pero tampoco se preocupan excesivamente por el futuro, tratan de vivir en el presente. 

Además, suele tratarse de gente con capacidad de perdonar. Esto, que suena moral, para mí tiene un cariz más bien antropológico: el perdón tiene un efecto curativo en la mente de las personas. Creo que todos vamos a vivir una serie de eventos en los que tendremos que decidir si queremos perdonar o vivir con rencor. Por último, se trata de personas que se preocupan por su salud global, son gente que se cuida. Puede que físicamente no estén muy bien, pero tratan de estar lo mejor posible. 

Cuando reflexiono sobre la felicidad me doy cuenta de que hay personas físicamente muy enfermas que son muy felices. Y esto me sorprende. Me sorprende, porque realmente uno puede sentirse muy mal físicamente, y ser feliz a pesar de ello, lo que significa que la salud física ayuda a ser feliz, pero no es una condición excluyente por completo​.

La OMS alerta también del aumento alarmante de la depresión en nuestra sociedad. A día de hoy, es ya una de las tres primeras causas de discapacidad en el mundo. ¿Hasta qué punto nuestro estilo de vida, la prisa o el estrés tienen que ver con esta nueva realidad?

Creo que tienen mucho que ver. Hay muchas situaciones en el mundo actual que propician esta tristeza. Me viene a la mente el ejemplo de Japón, un país en el que en los últimos años se incrementaron las jornadas laborales de forma notable para mejorar la productividad y hacer que esto se tradujera en un beneficio económico para el país. El problema es que el gobierno no tuvo en cuenta que, al hacer esto, estaban comprometiendo la felicidad de las personas a las que buscaban ayudar. 

El caso de Japón es un ejemplo muy drástico, pero nos recuerda que los seres humanos fácilmente podemos perder el rumbo sobre lo que realmente es importante en nuestras vidas. La pérdida de valores nos ha llevado también a tener menos herramientas para enfrentarnos a esas situaciones difíciles. Si ahora nos centramos en que los niños aprendan álgebra y nos olvidamos de desarrollar en ellos los valores, les estamos privando de las herramientas necesarias para enfrentarse a las situaciones que puedan surgir en sus vidas. Al final, se trata de formar a ciudadanos que puedan ser más felices. Y hacer felices a los demás. 

¿Crees que vivimos en un entorno más demandante, o es que ahora somos más vulnerables como personas? 

Pienso que estamos en un momento en el que confluyen ambos factores. Por un lado, el ambiente tiene un peso enorme. Hay gente que, por mucho que tenga la predisposición, no puede salir adelante frente a un ambiente tan adverso. En el mundo del trabajo, por ejemplo; en lugar de convertirse en un medio para vivir, trabajar hoy en día es un objetivo. Estamos ante el fin último de tener por tener, vivimos en una sociedad de un consumismo insaciable, que te juzga por lo que tienes, no por lo que eres, y esto nos lleva a una rueda en la que es mucho más factible no sentirse a gusto con lo que somos y tenemos. 

Creo que vivimos un punto crítico en el que, si no hacemos algo, corremos el riesgo de olvidarnos de la persona, dejando de lado sus necesidades. 

Como médico que ha vivido en su propia piel un hecho traumático que le llevó a transitar por la depresión y superarla, ¿cómo darles el espacio, respeto y tratamiento adecuado que merecen los enfermos mentales? 

Creo que tenemos que comenzar por quitar ese estigma que rodea a las enfermedades mentales. Pensamos que ir al psiquiatra es un signo de debilidad, y que quien enferma mentalmente ha tenido algo que ver con ello, como si fuera algo voluntario… Creo que uno de los grandes retos que tenemos los psiquiatras pasa por contribuir a quitar el estigma que tienen las enfermedades mentales en nuestra sociedad. ​

Al entender la enfermedad mental como una realidad más, quitamos muchas trabas y favorecemos el hecho de que la gente que se siente mal pida ayuda y no se detenga en ese proceso por miedo al qué dirán.  

Al final, todo no depende de “echarle ganas”. No hay nada más agresivo que decirle a una persona que está pasando por un trastorno: “échale ganas”. Quienes lo dicen no lo hacen con mala intención, pero no han comprendido la situación. Es como si le dijeras a un diabético: “échale ganas” para que hacer que su glucosa baje. 

La enfermedad mental ha acompañado al hombre desde que existe, sin embargo, éstas han ido tomando matices propios según las épocas. En el caso de las fobias es muy interesante apreciar que estos miedos irracionales -a los ratones, al fuego, a las alturas, a las víboras-, tienen que ver con situaciones históricamente peligrosas para el ser humano. Los nuevos riesgos a los que nos enfrentamos todavía no nos han hecho desarrollar fobias: a la electricidad, por ejemplo. Pero es probable que en unos siglos exista la fobia a los enchufes. (risas) 

La angustia se produce en parte cuando dejamos de vivir en el presente y nos proyectamos, bien hacia el pasado, bien hacia el futuro. ¿Hasta qué punto el multitasking y esta continua conectividad a la que sometemos a nuestro cerebro es en parte causante del estrés de nuestros días?

Las personas, al no saber qué es lo que les llena, intentan de todo… y muchas veces al mismo tiempo. Y sí, esta permanente conectividad es una situación que puede llegar a generar mucha angustia. La mayoría de nosotros intentamos hacer, no ya diez, sino dos cosas a la vez, y nos damos cuenta de que no hacemos bien ninguna de las dos. La clave pasa por conocerse bien, saber si uno es capaz o no, y focalizar nuestra atención al cien por cien en lo que estamos haciendo en cada momento. Muchos de los errores que tenemos en nuestro diario vivir surgen cuando desviamos la atención. Y no me refiero solamente a temas de trabajo, sino también a las relaciones humanas u otros aspectos: si no estamos atentos es muy fácil que nos equivoquemos, y esto puede tener desde simples consecuencias… hasta otras más graves. 

En los últimos diez años, los avances tecnológicos sobre el cerebro humano nos están llevando a descubrimientos increíbles. Como médico, ¿cuál es tu gran sueño? 

Creo que vienen muchísimos cambios. El campo de la neurogénesis, por ejemplo, promete muchísimo: muy pronto podremos lograr regenerar neuronas que se encuentran en proceso degenerativo en determinadas regiones del cerebro. Luego, por supuesto, por mi propia circunstancia, me interesa mucho todo el tema de la cura de la parálisis. 

Realmente ha habido muchos avances últimamente en torno a personas con lesiones medulares, y ahora estamos viendo cómo volver a conectar sus cerebros con sus cuerpos mediante intervenciones desde muy diferentes áreas: desde la células madres, desde el uso de marcapasos muy sofisticados que permitan que las señales pasen a través de esa zona lesionada, y otros tratamientos neuroestimulantes que hacen que los millones de personas que vivimos con alguna de estas lesiones tengamos esperanza. Lo que más me ilusionaría en el futuro es ver que una persona con una lesión medular puede superar esa parálisis.

¿Crees que es posible? ¿Crees que algún día volverás a caminar? 

Estoy muy ilusionado. A veces esto choca un poco con mi lado más científico, pero algo dentro de mí me dice que sí, que voy a ver todo esto. No sé si será en diez, veinte años, pero no sabes cómo ayuda vivir con esa esperanza. Además, es una esperanza que se actualiza todos los días, no es que digas: Hijolé ya pasaron diez años y no hemos avanzado nada. No, todos los días pasa algo. Y uno dice: qué bueno, hoy estamos más cerca que ayer. 

Dicen que pensar en una posibilidad es el primer paso para crearla, ¿no? 

Exacto. Además, vivir con esa disposición te cambia el nivel cerebral, es un optimismo que en ocasiones puede volverse casi algo delirante (risas) pero prefiero vivir así. Y, sobre todo, decido vivir con esa esperanza. 

Ese puñado de personas con premisas poco realistas son las que han hecho avanzar muchas veces a la sociedad...

Claro. Y, curiosamente, muchas de esas personas han tenido trastornos mentales. Estamos ante personalidades creativas que han cambiado el curso de la Humanidad y se han enfrentado a depresiones muy profundas; o personas con trastorno bipolar… Hay listas de genios que han aprovechado estos estados de exaltación que trae la manía para visualizar cosas que los demás no veíamos, y esto nos debe abrir los ojos para darnos cuenta de que en esta sociedad todos contamos, todos tenemos algo que aportar. 

Por último, ¿qué avance tecnológico te gustaría especialmente vivir? 

Hay muchos, pero, por citar alguno, me gustaría tener un acceso mucho más preciso hacia la función neuronal gracias a toda una serie de fármacos innovadores que nos permitan administrar una terapia sin tantos efectos secundarios como tienen muchos de los medicamentos que usamos hoy en día. Eso es algo que me encantaría ver. También me gustaría ver cómo avanza todo el mundo de la medicina personalizada en el campo de la farmagenómica; es una realidad que va avanzando, pero me entusiasma pensar que en el futuro podremos saber, gracias al perfil genético de una persona, qué intervención le puede ayudar más.

COMENTARIOS
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Gaby gonzales  (22/10/2015 18:28)

​gracias por el testimonio sin duda te recuerda el verdadero valor de vivir.

Rafi Santos  (21/10/2015 22:14)

​Termino de leer esta entrevista y siento la necesidad de compartirla. Gracias por darnos esa visión positiva de la vida ante la adversidad. Gracias por empujarnos a ser mejores!!