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"Tiene que haber otra manera de mirar y entender el funcionamiento del mundo"
Curro Claret / @curroclaret
curroclaret.com
23/11/2015
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A UN CLIC
Quién es:

​Curro Claret 

 
A qué se dedica:

Diseñador industrial 

 
Ámbitos de trabajo:

​Diseño, Innovación social 

 
Quiero contactarle:
 
Tiempo de lectura:

​Tres paradas de metro 

 
What if?

​¿Ponemos el diseño al servicio de las personas? 

 
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​​​

Donde otros reciclan, el diseñador industrial Curro Claret busca formas de transformar, espacios que repensar. Valor. Su visión precisa esconde un trabajo que rezuma actitud, método, amor... y tiempo. Lo suyo es mirar y saber ver. La belleza de la imperfección, la virtud de la necesidad, la posibilidad hecha proceso

Su último proyecto para Camper, en colaboración con la Fundación San Martín de Porres​, ​es una muestra más de su visión del diseño al servicio de la sociedad. En la tienda​ de la calle Preciados de Madrid, cordones transformados en cortinas y lámparas dan vida a un espacio construido con personas en exclusión social. 

​"Tenemos que hacer las cosas y vivir de una manera muy distinta, y eso implica repensarlo todo: de arriba abajo, a fondo" 

​¿Un artista nunca es pobre? 

La cita​ me hace pensar en la supuesta condición del artista capaz de cuestionar y repensar cómo es nuestro vivir, cada día. Creo que, con muy poco, uno debería ser capaz, debería ser suficiente. 

Quizá el artista tiene más facilidad para ese desapego que le lleva a vivir con lo mínimo, porque tiene el privilegio de llenarse y sentir toda esa vitalidad con otro tipo de cosas. 

Me gusta esta idea de los átomos que nos lleva a pensar que en el universo todo es materia y energía: no tenemos más o menos materiales, sino procesos de transformación. Esta idea de transformación, que sucede con todo lo que nos rodea, va más allá de coger lo que otro ha tirado y transformarlo: en la práctica tal vez sí, pero a mí me gusta pensar que vivimos en un entorno en el que tomamos, prestamos y transformamos. 

​Tu mirada de diseñador valora la imperfección, la transformación, lo incompleto. ¿Crees que es posible educar la mirada?

​Me gustaría pensar que sí, sin duda, pero no sé hasta qué punto. Al final, nuestra formación es esa suma de valores y de influencias que recibimos en los lugares donde crecemos. Pero sí, creo que en nuestra formación intervienen muchos factores que determinan nuestro comportamiento. 

Oscar Guayabero​ define tu trabajo en tres palabras: actitud, método y amor. ¿Cómo lo definirías tú? 

Pienso que en nuestro ámbito de trabajo, la vida personal y la vida profesional se mezclan mucho; es esta idea de no saber cuándo empieza la vida personal y cuando lo hace el trabajo. Al final, es una manera de mirar y actuar, y sería bonito pensar que eso sucede mientras uno trabaja, pero también con las elecciones de vida.

En este sentido, tengo la suerte de hacer algo que me gusta y en lo que creo, aunque algunos días tenga muchas dudas. Mis valores personales se manifiestan en mis proyectos, me interesa el diseño que tiene espacio para cuestionarse las cosas. Si eso luego deriva en un objeto o un nuevo servicio ya se verá, lo importante para mí es la actitud de partida con la que se plantea algo. ​

​El diseño para ti es diálogo, conversación, pero también cambio y actitud, no tener miedo a abordar nuevos retos. A nivel de diseño, ¿qué trabajo te parece que queda por hacer? 

De todo lo que está pasando, uno de los aspectos bonitos que nos ha tocado vivir es la evidencia de que tenemos que vivir y hacer las cosas de una manera muy distinta, y esto implica repensar todo: a fondo, de arriba abajo. 

En el caso del trabajo, su misma esencia es resultado de un modelo que arrastramos de una época con otras circunstancias y condicionantes, con otros hechos históricos. 

La evidencia de nuestra nueva relación con el mundo, con otras personas, con los otros países, y la evidencia de las desigualdades nos lleva a ser conscientes de que cualquier actuación tiene implicaciones en el otro lado, y esto nos fuerza a repensar la esencia del trabajo. 

​Pero el mundo es un lugar contradictorio. Pensar que podemos cambiarlo por completo sería obviar esa parte de nosotros, ¿no? 

​Si cambiamos nuestros valores, luego ya veremos hacia donde nos conduce ese cambio, pero, para empezar, tiene que haber otra manera de mirar y entender el funcionamiento del mundo... 

​En tu libro hablas de que “Un cambio social puede ser  mucho más potente que un cambio tecnológico”. ¿Por qué? 

Para mí, el cambio social tiene una conexión muy evidente con ese cambio de la mirada. Alguien decía que, si de repente todos los ciudadanos decidiésemos, en vez de ir solos en el coche, compartirlo con dos, tres o cuatro personas, ese impacto sería más positivo que si de repente cambiásemos los coches, supongamos que con una energía más limpia. 

Las cosas serían muy distintas si fuésemos capaces de repensar cómo utilizamos los recursos existentes. Cuando estudiamos el impacto de la huella ambiental, por ejemplo, Cuba, por condiciones obvias, con tan pocos recursos, es un país capaz de optimizarlos. Y aunque sus coches expulsan gasóleo, su capacidad de compartir hace que su impacto positivo sea mucho mayor que el de un coche eléctrico... 

Creo en el papel importantísimo de la tecnología, pero si no va acompañado de un cambio de mirada, me cuesta pensar que la tecnología va a corregir por sí misma los errores que hemos cometido hasta la fecha. ​

​En todos estos años de experiencia, ¿ha cambiado algo en tu forma de trabajar? 

Sobre todo recientemente, pienso en esta dificultad, a veces imposibilidad, de intentar valorar el esfuerzo del trabajo o el impacto de las cosas. Existen metodologías que intentan valorarlo, pero aun así, a veces es muy difícil llegar a saber si tu práctica con el diseño puede ser más o menos lineal y puede satisfacer, más o menos, lo que te proponías. 

En ese sentido, aunque la gente valora un trabajo por el resultado final, creo que el éxito de un proyecto no depende sólo de ese resultado. Todos sabemos que el impacto visual tiene un peso muy grande, es la forma en la que la gente conecta con tu trabajo, pero muchas veces un proyecto es mucho más, hay facetas invisibles que se mezclan durante todo el recorrido, y no siempre es posible comprender totalmente lo que uno está haciendo, de ahí la necesidad de relativizar. ​

​Tu trabajo está muy orientado a la innovación social, pero como diseñador también has tenido intentos más comerciales. ¿Cómo fue la experiencia? ¿Has renunciado a formar parte de ese otro mundo de diseño? 

No. A pesar de las dudas del sistema de mercado en el que vivimos, y del desequilibrio que genera, no. No es que crea que ese sistema no pueda funcionar, hay muchos casos en los que funciona, y que son justos, pero me reconozco menos hábil para responder en todos esos casos en los que se llama a un diseñador. 

Trabajo en algunos proyectos que tienen esa finalidad comercial, pero lo intento en aquellos que para mí tienen sentido, son proyectos en los que creo que puedo participar, que básicamente incluyen una reflexión sobre las personas y el medio, e implican hacer algo. 

Por ejemplo, me siento muy privilegiado de poder estar repensando los espacios de Camper. O en el caso de Metalarte.​ Aunque sean espacios muy pequeños y el hueco sea pequeño, es una suma de cosas, y para mí tiene sentido. O, un nivel distinto, como en el caso de Zicla​, donde estuvimos trabajando un tema de movilidad con un residuo industrial, más verde, más limpia. Cuando aparecen todos estos elementos, para mí sí tiene sentido trabajar.

¿El usuario final está por encima del encargo de la marca o la empresa? 

​Bueno, de hecho, en los años '80 y '90, creo que fue concretamente en 1987, las Asociaciones de Diseñadores más importantes del mundo se reunieron para discutir sobre la misión del diseñador. El primer punto que acordaron fue que la primera responsabilidad del diseñador es con las personas y la segunda, con el cliente: primero la persona, luego el cliente. 

Decirlo es bonito, todos sabemos que llevarlo a la práctica es mucho más complicado pero, para mí, la referencia es ésta.  

​Tú, ¿... dices no

​En alguna ocasión, sí. Bien porque uno reconoce que no tiene esa habilidad, o bien porque uno no se reconoce en un determinado contexto, hay demasiados interrogantes. 

​¿Consideras tu punto de vista idealista? 

Todo el mundo tiene ideas y valores. La cuestión es hasta dónde estás dispuesto a llevarlos, hacer que formen parte de tus decisiones importantes... 

Al final, hay una circunstancia personal de la que yo me aprovecho: no tengo hijos, no tengo dependencia de hipotecas, no tengo coche, en fin... Digamos que puedo vivir con bastante poco, no como el prototipo medio de ciudadano. Tengo muchas menos cargas, y puedo permitirme tomar decisiones con las que otros quizás también están de acuerdo, pero al final hay que pagar el cole de los chavales y...  eso tiene que salir de algún sitio.​

​En tu libro​ cuentas la historia de una experiencia en una pequeña fábrica de estampación, donde veías “caras sin expresión, apagadas, resignadas, como sin poder esperar de su trabajo nada más que la paga de fin de mes”. ¿Qué crees que el trabajo puede y debe aportar a una persona?

​¿Ves? Como diseñadores, al final de la cadena, siempre hay alguien que hace el trabajo sucio. En una cadena, difícilmente no vamos a encontrar a alguien que no esté en esas circunstancias más difíciles, y los diseñadores somos cómplices de esa situación cuando diseñamos cosas que obligan en un momento u otro que alguien esté ahí, y obviamente, el consumidor también es cómplice cuando compra algo sin informarse... o sin querer ver ciertas cosas.

​Ahí la tecnología puede ayudarnos a favorecer entornos de transparencia que permitan, por ejemplo, ver la trazabilidad. ¿Crees que ahí hay una oportunidad para el mundo del diseño? 

Sin duda. Debería. En estos momentos creo que sólo hay una empresa holandesa que muestra ese rigor en la trazabilidad de los móviles que comercializan. Han conseguido un proceso que te garantiza que todo es limpio, pero su producción debe resultar insignificante en el conjunto de la producción de móviles. Muchos de los productos que consumimos implican realidades sucias. Entonces, no sé hasta qué punto estamos dispuestos...

La calle te inspira, te pone en disposición de observar problemas y estar en contacto con la realidad. ¿Podrías ponernos algún caso? 

Tanto los taburetes como el banco Por el Amor de Dios son proyectos en los que el diseñador lo único que hace es intentar mejorar algo: las personas sin techo ya duermen en las iglesias, lo que buscamos era mejorar la experiencia. 

En mi caso, me inspira la cultura de la calle, ese bricolé de países con pocos recursos que  se ven forzados a hacérselo ellos mismos, con unas prioridades muy claras: un banquito, a tanta altura. Luego, si el banco está torneado o no, es lo de menos, hay un escalón distinto de estética. 

Me interesa la acción que nos lleva a valorar una serie de cosas que, sin darnos cuenta, se nos estaban escapando. La eficiencia productiva se estaba cepillando, estaba barriendo una capa de humanidad, que la excusa de la producción acabó llevándose por delante. IKEA​ nos ayuda a comprender que no todo es una mesa de 4,99 euros: en el entorno en que vivimos hay muchos elementos que son necesarios y tienen que ver con decorar una superficie de una determinada manera. 

Por último, ¿qué innovación tecnológica te gustaría vivir? 

Me gustaban mucho esos generadores de energía limpia que supuestamente pueden proporcionarnos la energía necesaria para vivir en el ámbito doméstico. Me parecería un salto importante lograr tener autosuficiencia en todos los sentidos: una de ellas es la energética. 

Hay una cierta dificultad en comprender el valor de la energía, ese grado de mayor autosuficiencia, si es de manera simple y accesible. 

Creo en el desarrollo tecnológico que va de la mano del respeto del poder de esa tecnología: hay energías limpias, accesibles, pero alguien no nos deja acceder a ellas. 

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Anónimo   (01/12/2015 11:10)